Oficio de tinieblas

23.10.2015 | 04:45
Ángel J. Ferreira
Ángel J. Ferreira

La luz y las tinieblas. La oscuridad y el resplandor. El bien y el mal. El pecado y la gracia. Una y otra dimensión están inextricablemente unidas en la vida humana, somos lo uno y lo otro: maldad y bondad en permanente lucha: qué otra cosa es el mundo, la historia, el hombre. No aceptarlo es vivir de espaldas a la realidad, aunque sea duro soportarlo, pero así somos, polvo enamorado, pero polvo, y a veces utopía y sentido, sin los cuales todo es un absurdo o, como en "Macbeth" dijera Shakespeare: "La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido". Lo pensé la otra tarde viendo "El club", la gran película de Pablo Larraín.
En una residencia apartada en un pueblo costero chileno, viven cuatro sacerdotes y una monja que cuida de ellos. Viven al margen de sus habitantes, están exiliados en el interior no de un país sino de la Iglesia católica, aparentemente para arrepentirse de sus tremendos pecados y hacer penitencia: no pueden hacerse visibles, la sociedad no soportaría su presencia, los creyentes se escandalizarían, hay que ocultarlos con la esperanza lejana de que cambien. ¿Pero pueden cambiar unos curas que han colaborado con la dictadura de Pinochet, o que han secuestrado niños recién nacidos haciendo creer que han muerto, o que han sido consumados pederastas? ¿Qué hacer ante este infierno en vida? ¿Cabe la esperanza?
No es una película sobre la pederastia, es una película sobre el mal y la desesperación, incluso una reflexión metafísica sobre el mal.

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