El síndrome de Casandra

17.10.2015 | 04:45
María Eugenia Bueno Pastor
María Eugenia Bueno Pastor

Casandra era hija de Príamo y Hécuba, Reyes de Troya. La leyenda cuenta que Apolo se había enamorado de Casandra y le prometió a la joven el don de la profecía si aceptaba entregarse a él. Ella aceptó, pero una vez iniciada en las artes de la adivinación, se negó a cumplir su parte del trato. Ante esto, Apolo le escupió en la boca y le retiró el don de la persuasión, por lo que aunque ella dijera la verdad, nadie le creería.
Así surgió el síndrome de Casandra que representa la incredulidad que provocamos cuando, habiendo incumplido algo, pretendemos que se nos crea a pesar de decir la verdad. El pueblo llano, arto listo, lo representa muy bien con la fábula del pastor mentiroso que jugó tanto con que venía el lobo que cuando vino nadie le creyó.
Desde este ojo que observa, parece que Casandra no ha desaparecido del mundo. Algunos después de no realizar las promesas hechas, a pesar de haber tenido tiempo suficiente y poder para ello, pretenden ser creídos en sus aspiraciones de futuro diciendo la verdad. El resultado es que su credibilidad está tan muerta que a pesar de vaticinar verdades como puños, tienen la desgracia de no ser creídos. Menudo problema.
Es cierto que en la vida cuando incumples y faltas a tus promesas de manera cierta, lo más seguro es que aunque lo que plantees en el futuro sea una verdad completa, a quien te escucha todo le sonará a mentira o a falacia.
Este mal que nos asola, de incredulidad de la verdad, prolifera en todos los ámbitos de la vida social y política.

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