Traga, novato

05.10.2015 | 04:45
Traga, novato
Traga, novato

A los chavales que empiezan este año en la universidad les ataron primero las manos con cinta americana. Después les sometieron a una divertida lapidación con huevos y harina, entre otras cosas, y para rematar la fiesta les encajaron un embudo por la boca y les hicieron tragar alcohol de todo tipo, el que hubiera a mano. Alguno de los novatos no aguantó y perdió la consciencia entre vómitos. Cuentan los que lo vieron que se quedaron tirados en las cercanías de la Universidad cuando veteranos y noveles se fueron con la fiesta a otra parte. En total fueron siete los trasladados al hospital con coma etílico. Uno de ellos fue encontrado en la calle con taquicardia e hipotermia. Todos fueron víctimas de las novatadas del comienzo de curso y sucedió en la madrugada de este sábado en León. Pero, por desgracia, no se trata de un hecho excepcional.
Salamanca también es escenario de novatadas, como corresponde a una de las ciudades con más personalidad universitaria. Cualquiera que atravesara estos últimos días la Plaza Mayor o el entorno del río se hará podido topar con grupos de chicos y chicas escenificando su particular "prueba de admisión". No se han dado, por suerte, casos graves que hayan trascendido a la polémica pública, pero puede suceder cualquier día. Junto a los valores académicos de los que hacemos gala, existe un reverso más o menos oscuro, con lo que estamos obligados a convivir y tenemos la obligación de controlar. Porque, por si alguien tiene aún esperanzas, las novatadas de septiembre no se van a erradicar a golpe de decreto y ordenanza, y quien lo pretenda es un iluso. Lo que sí urge es proteger es los derechos de las víctimas, empezando por su vida y su integridad física y terminando por su voluntad. El actual Código Penal castiga en su artículo 173.1 bajo el título "de las torturas y otros delitos contra la integridad moral" con un pena de seis meses a dos años de prisión quien "infligiera a otra persona un trato degradante, menoscabando gravemente su integridad moral". Por eso, haya o no risas en el ambiente, las Universidades, los colegios mayores y las residencias están obligados a evitar atropellos que un día pueden devenir en desgracia. Y si no lo evitan, deberán responder por su negligencia.
Resulta significativo que el homo sapiens lleve cerca de 200.000 años sobre la tierra y siga arrastrando siglo a siglo ciertas costumbres sociales tan enraizadas en la tribu. El respeto al jefe, el reparto de roles en el grupo y, cómo no, la ceremonia de iniciación. Nos fascinan las pruebas de hombría que han de superar unos jóvenes africanos enfrentándose a un león para ingresar en la tribu y apenas advertimos que hasta hace cuatro días nuestros chicos descabezaban gallos vivos para recibir el aplauso social en la mayoría de edad. Como especie seguimos esclavos de ese deseo de aceptación social y ese temor a la marginación que lleva a muchos de los nuestros a pasar por el aro de ejercer como verdugos y víctimas. Los últimos que hicimos la mili recordamos algún que otro mal trago impuesto por los veteranos (los "bisagras") a los novatos (los "bichos"). Y ay de quien se quejara, que lo llevaba claro. Aquel despreciable entorno ya es historia, pero en algunos círculos como las Universidades se sigue escenificando esa pretendida autoridad que algunos creen ostentar sobre otros por el simple hecho de haber llegado antes al grupo, creencia que a menudo se corresponde con falta de sesera y carencia de cualquier otra cualidad intelectual.

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