Una cuestión de fe

11.12.2014 | 04:45
Julián Ballestero
Julián Ballestero

Cuestión de fe. Los estamentos del poder están ocupados por hombres y mujeres empapados en la primera de las virtudes teologales, aunque esa fe no nos resulte demasiado útil a nosotros, los administrados.
El ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, por ejemplo, cree que las petroleras no pactan los precios en España y está convencido de que si la gasolina no refleja la bajada del petróleo en ningún surtidor de nuestro país es tan solo casualidad y no puro conchabe.
El canario se educó en un colegio ´bien´ con el dinero que su padre ganaba exportando plátanos, y no se perdía una clase de religión. Tened fe y lo demás se os dará por añadidura. En su caso, la añadidura le llega cargada de ingenuidad. Porque los conductores tenemos la seguridad de que la liberalización del mercado no ha traído competencia sino negocio redondo a los distribuidores de gasolina. Ya puede bajar en picado el precio del barril, que el surtidor desciende a cámara lenta. Antes del euro llenabas el depósito con mil duros en cualquier gasolinera, y ahora no lo llenas en ninguna con 60 euros (2.000 duros, o 10.000 pesetas). Gotita arriba, gotita abajo, los 60 euros te dan para los mismos litros en cualquier punto de España, salvo oscuros y apartados enclaves.
El problema del ministro Soria es que lleva subido al coche oficial desde 1995, cuando lo eligieron alcalde de Las Palmas, y el chófer no le cuenta el dineral que se gasta el Estado en dar de beber al coche. Y no se entera.
Otro creyente con gran influencia, el fiscal Pedro Horrach, se ha descubierto como el único español que cree en la inocencia de la Infanta Cristina, incluida la propia Infanta. También es insular, de las Baleares en este caso. Se ve que en las islas abundan esos especímenes que de puro buenos se convierten en panolis. Es tan bonachón el fiscal que en cuanto se descuida le sale la vena de abogado defensor, un contradiós tratándose del representante del Ministerio Público, encargado de acusar en nombre de todos nosotros. Es como si a un portero de fútbol le diera por rematar balones a su portería, o al revés, como si a un árbitro le diera por arrear patadas a los jugadores.

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