Sala de espera

01.12.2014 | 00:47
Sala de espera
Sala de espera

La noche del sábado al domingo tuvo lugar una pelea en un céntrico local de copas de la ciudad. Se repartieron algunos sopapos y hubo heridos. Que uno sepa al menos dos de consideración porque coincidí con ellos en Urgencias del Hospital Clínico. Graves, sin duda, ambos. Uno iba gestando un buen hematoma en un ojo y el otro había perdido un diente, paleta, para ser más precisos. Que conste que en mi barrio un ojo morado se arreglaba con un filete crudo o hielo, y lo del diente, con peor arreglo, acarreaba el mote de "El Mellado" en la pandilla para toda la vida. Ahora, se acude a Urgencias y se exige un parte de lesiones para presentar una denuncia y reclamar, incluso, daños morales. Sigo. Los dos heridos graves acudieron acompañados de al menos cinco acompañantes de su misma edad, que organizaron una amena tertulia en la sala de espera mientras el resto de ciudadanos de la sala aguardaban angustiados el resultado de las pruebas a sus familiares de corazón, pulmón, hígado y un par de oncológicos. La amena tertulia dejó claro que en materia de expresión oral la Selectividad o Prueba de Acceso a la Universidad no vale una mierda, con perdón. Y lo corroboró un profesor de instituto allí presente. Parece claro que hay que hacer algo. Y también que en según qué casos cobrar un peaje sanitario a Urgencias sería muy razonable. Por ejemplo, para el tratamiento de las solemnes borracheras con las que llegaron algunos a Urgencias: un copago con cargo al presupuesto familiar sería terapéutico, didáctico y contribuiría a la financiación de nuestra Sanidad Pública tan necesitada de ella. Porque una cosa es lo inevitable: apendicitis, por ejemplo, y otra lo evitable. No hacen falta mayores explicaciones. Bien, el grupo solidario con los heridos fue menguando al tiempo que se acercaba el amanecer dejando a los dos magullados solos a merced del sueño, el bajón y la urgencia del resto de pacientes. Finalmente, como todos, fueron atendidos. Primero uno y después, el otro. El primero no esperó al segundo y se marchó. En mis tiempos, a mayores de un par de buenas obleas ya quedabas proscrito para siempre por cagón e insolidario.
Muchas horas y pruebas después abandoné Urgencias para ir a casa y arreglar ciertos asuntos domésticos antes de regresar a mi sala de espera cuando, oh sorpresa, una carrera popular bloqueaba mi casa y mi aparcamiento en un garaje público: sólo la generosidad de un policía local me permitió acceder entrando por una calle peatonal y circulando unos metros por ella.

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