Mordisco para la historia

30.06.2014 | 00:36
Mordisco para la historia
Mordisco para la historia

Alguien llegó a insinuar, entiendo que en tono de broma, que el futbolista uruguayo Luis Suárez necesitaría hacer uso constante de su prominente dentadura para poner freno a su hipotético crecimiento. O sea, algo así como lo que les pasa a los castores. La improbable circunstancia obraría como atenuante en el lamentable mordisco que le atizó a un rival italiano en un partido del Mundial, último episodio de un historial de incidentes sobre el terreno de juego tan corto como sorprendente, en el que el delantero charrúa reacciona a dentelladas sobre el campo de juego en episodios puntuales de rabia y frustración. Y es que el mordisco de Suárez y la sanción ejemplar que le han aplicado los mandamases del fútbol ha relegado en muchas mentes ociosas a un segundo plano los debates sobre la marcha de Rubalcaba, las primeras audiencias de nuestro nuevo Rey, la polémica sobre los comedores escolares o la última reforma fiscal de Montoro.
"Furor, enajenamiento causado por la vehemencia de alguna pasión, y especialmente por la ira." Así define el diccionario de la RAE el término ´arrebato´ o ´arrebatamiento´. También nos entendemos si nos referimos a enajenación mental, y en la calle el término más usual que se emplea hoy día es "se le fue la olla" o "se le ha ido la pinza". Nadie está libre de verse arrastrado por el descontrol y meter la pata, hacer algo impropio, causar un daño, cometer un crimen. Pero pronunciarse de forma agresiva con los propios dientes contra anatomía de un rival en un deporte que mayormente se juega con los pies, no parece algo muy sensato. El hecho resulta comparable a las imágenes de batallas campales que en ocasiones nos han servido en televisión protagonizadas por diputados en Corea del Sur, Venezuela. Ucrania o Taiwán. Las reglas del juego quedan aparcadas por un momento y dejan paso a la visceralidad más animal del ser humano. Son esas malditas ocasiones en las que la normativa y los formalismos se ven desbordadas por ese arrebato incontenible de malestar, disgusto, enojo o ira, dichas en forma de intensidad creciente, y el sujeto ya deja de ser un individuo en sociedad y se convierte en otra cosa, más cerca ciertamente del animal que del ser civilizado. Es ahí cuando se impone aplicar el castigo al violento.


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