Prohibido vender sogas

28.06.2014 | 04:45
Alberto Estella
Alberto Estella

El primer aviso de un nuevo tiempo en política lo dio el de la coleta, 36 años, en las elecciones europeas; el segundo, Felipe VI, 46 eneros, en su discurso ante las Cortes, casi la jura de Santa Gadea; y el tercero le corresponde a Madina, cuando gane con 38 años la Secretaría General del PSOE. Entre las generaciones posteriores al mayo francés del 68 y los criados ya en democracia, está el futuro. Y ya traen el cuchillo entre los dientes cachorros como el socialista Alberto Sotillos, que por ser hijo de Eduardo (de la quinta del 40), andará por los treinta y€Los demás, aunque se resistan, son retablos, vejestorios prematuros y molestizos, elefantes políticos camino del cementerio. La vorágine se los llevará por delante. Se extinguirán como los dinosaurios. No han sabido cambiar las cosas y se las van a cambiar a ellos€, y a todos nosotros. Pero no hay que sorprenderse, siempre fue así. Un generalito con voz atiplada, de 44 años, acabó con la IIª República; un joven falangista, también con 44 tacos, acabó con el franquismo y trajo la libertad; un novillo socialdemócrata de 40 se llevó por delante el centrismo suarista; un pollo de la derecha de 43, archivó el felipato; un insensato, otra vez 44 años (con la ayuda de un atentado), retrasó perniciosamente el gobierno de un registrador en sazón; y un joven Príncipe, que podía ser hijo del de Inglaterra (66), alcanza la Jefatura del Estado.
En ese clima de pipiolos, chavalotes, mozos, ¿qué diablos pinta un Rubalcaba, que lleva decenios enredando? No tenía más salida digna que volverse a la Universidad, donde sus alumnos de química sufrirán un profesor que no ha abierto un libro de la disciplina desde el pasado siglo, cuando estaba de moda aquel apasionante juego infantil que nos regalaban por Reyes, el "Cheminova". No solo no me sumo a los elogios en su despedida, sino que sostengo que ha sido un malandrín, próximo a las cloacas del Estado, además de un fracasado. Junto a su conmilitón Zapatero ha hecho un daño incalculable, primero a España, y luego al propio PSOE, que desgraciadamente ha dejado como unos zorros. Eso sí, con verbo fácil y agudeza parlamentaria.

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