No te vayas, Caldera

31.05.2014 | 04:45
Alberto Estella
Alberto Estella

Los partidos políticos no aprenden que los bellacos, por hábiles que sean, es mejor alejarlos, porque acaban metiendo la pata y la mano. Son como el que pedía "a mí que me pongan donde lo haiga", la guita, el jurdó; como moscas a la miel del poder, da igual el partido que lo ostente. El levantino Blasco, al que le han caído ocho años de cárcel, era en lenguaje taurino un pregonao. Se apropió de buena parte de los millonarios fondos de Cooperación de la Comunidad para los desarrapados de Nicaragua. Pero como todos los toros marrajos, había avisado. Resumo su increíble currículo: joven comunista díscolo, desdeñando la reconciliación nacional que predicaba Carrillo en los setenta, militó en aquel Frente Revolucionario Antifascista Patriótico (FRAP), que perpetró asesinatos. El socialista valenciano Joan Lerma, le rescató para su gobierno, pero acabó echándole por sospechas fundadas de malandra. ¿Cómo se le ocurrió al popular Zaplana resucitarlo? Pues le acabó siendo desleal para subirse al carro de Camps. Y siendo ya un apestado, Roma pagó su traición y Fabra le dio su confianza. Varios presidentes de la región, socialistas y populares, dándole valimiento. ¡Hala!, ocho años a la churra. Necios.
En Castilla y León, el antaño influyente Jesús Merino, hogaño mentado en turbios asuntos, procuraba distanciar a las personas con talento „que le harían inevitablemente sombra„, y promovía listillos no ya dudosos, sino pregonaos, pero afectos a sus manejos. Personalmente advertí al presidente Lucas del peligro de cierto nombramiento para Salamanca, de un apátrida venido del norte. Le demostré que había militado en cuatro partidos antes de afiliarse interesadamente al PP regional. Pero Merino le avaló y le nombraron. Hizo montes y morenas, en una época de tapadillo e impunidad. Recuerda lo que exclamó el presidente norteamericano Roosvelt cuando le advirtieron que el mandatario nicaragüense "Tacho" Somoza era anticomunista, pero corrupto e hijo de puta: "Puede que lo sea, pero es nuestro hijo de puta".
Desde fuera del poder, resulta inexplicable la supervivencia de algunos políticos. Los menos perjudiciales, los gandules, salvo que abusen, como el británico Lord Hanningfield, al que acaban de expulsar de la Cámara de los Lores (nuestro Senado), porque entraba, firmaba, cobraba las dietas y desaparecía. Su mote era "Lord Vago", y digan lo que digan las malas lenguas, en Salamanca no tiene imitadores.

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