La reflexión en pastillas

25.05.2014 | 04:45
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Martínez-Simancas

Me apropio de la frase de Martes y Trece: "perdonen la rebuznancia" si al hablar de reflexión hablo de un día cualquiera, en este caso viene marcado por esas normas de política del XIX que hemos arrastrado hasta aquí. Aceptemos, pues, que ayer nos mandaron al rincón de pensar y démoslo por bueno porque de vez en cuando conviene concentrarse en algo útil. La pena de la reflexión oficial es que dura muy poco, a más de uno le convendría darle otra vuelta a la mollera y sin embargo aprovechó el sábado para cantar goles lisboetas.
Ese rincón de pensar que un sabio inventó para que los niños en el cole tomaran conciencia de sus actos es una idea magnífica porque nadie aguanta un día concentrado en lo mismo pero no será por falta de argumentos. El político en su campaña, el estudiante en los temas que le quedan por repasar, el lector en la trama de la novela, el pintor en los detalles para rematar los cuadros, el cura en su sermón, el ateo en negar a los curas, el torero en el lote que le ha caído en suerte esa tarde, el público en los aplausos o en la indiferencia y hasta es posible que los novios piensen en si es amor o si quieren decir sexo, y el director de cine en rodar en decorados diferentes y en puestas de sol redondas.
La reflexión es buena y lo mejor es que tiene un día oficial al año, aunque parece poco. Cada día que se dedica a algo es porque está en peligro de extinción como el teatro, la cualidad de padre, el hecho de ser madre o el día sin coches.

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