Tierra de odios

17.05.2014 | 04:45
Alberto Estella
Alberto Estella

Un buen latinista y poeta, el profesor González Iglesias, nos enseñó como la ciudad puede ser nuestro libro, y disertó en Filología sobre "La cultura latina en las calles de Salamanca". En su erudito recorrido, nos hizo detener en los números 90-94 de San Pablo, donde está labrada en latín la sentencia de Catón el Censor sobre la ira, que engendra odio, y la concordia, que nutre el amor. El odio, sí, en el principio fue el odio, una quijada de burro, un golpe mortal y la pregunta del Creador: "¿Dónde está Abel, tu hermano?". Cuando Unamuno, en "Abel Sánchez", perfila a su pobre Joaquín Monegro „cainita„, le hace concluir sus días preguntándose : "¿Porqué nací en tierra de odios?. En tierra en la que el precepto parece ser odia a tu prójimo como a ti mismo, porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos". Don Miguel, exuberante de palabras, consideraba el odio "el horror de la calentura de la lepra nacional española".
Todos los días afloran a los medios manifestaciones no solo del desafecto o la ojeriza que muchos padecen hacia algún semejante, sino el odio. El caso más notorio, el asesinato de Isabel Carrasco, motivado en la "inquina", la aversión, según la propia autora confesa. Lo preocupante es que el hecho criminal ha provocado adhesiones en las redes sociales, aunque solamente han detenido a un odiador de 19 años, con 600 seguidores. La alimaña debe ser un discípulo de Jean Paul Sartre, que llegó a reconocer: "En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, le dedicó a la burguesía un odio que no terminará más que conmigo", con su muerte. El ya fichado identifica la burguesía con los del PP y si quieren averiguar lo que haría con ellos, pónganse en lo peor.
Las barbaridades que desde el burladero del anonimato, se han proferido estos días, y el mal uso de las redes sociales, son debate de actualidad. Nunca es tarde, porque el seudónimo, la anonimia, y disponer gratis de ciento cuarenta caracteres, ejercen una atracción poderosísima sobre los cobardes, que vomitan sus propias insatisfacciones, excretan sus odios, contra el personaje público, el opinante o el vecino.

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