Mónica de la mancha

11.05.2014 | 04:45
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Martínez-Simancas

Para sacarle partido a su cuarenta cumpleaños y seguir haciendo caja con un episodio del despacho oval, Mónica Lewinsky se ha vuelto a "sincerar" para una revista de tirada internacional. Lewinsky se ha sincerado tantas veces que uno se pierde y mientras le dure el tirón comercial pues que lo aproveche. Ha dicho tantas cosas acerca de su relación con Clinton, con su traje y con su lapidación mediática que cualquiera se perdería en el galimatías de sus explicaciones. El traje que algunos creíamos desparecido o guardado en un almacén de la CIA parece que sigue en su armario para sacarlo de cuando en cuando.
Al margen del aspecto simbólico que pueda tener para ella ese vestido es una cochinada dentro de un armario. Esta vez habla de él cuando debería mostrar la factura de la tintorería y dejarse de morbos presidenciales. Superada la etapa en la que se sentía una desgraciada bajo el foco de la humanidad, y con cuarenta años, Lewinsky tiene el vestido como el rifle de Búfalo Bill cuando actuaba con el circo: para recordar que hubo una vez un lejano oeste, en su caso que para conocer a una leyenda de cerca es necesario pasar por taquilla.
Con inteligencia ha conseguido darle vueltas a un mal momento, donde hubo humillación ha puesto cara dura, donde lágrimas contratos y prolongando su estatus de becaria se forra con sus "sinceros" recuerdos que afloran a su sentimiento más profundo.

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