´Roma 27 - abril - 2014´

03.05.2014 | 04:45
María Eugenia Bueno Pastor
María Eugenia Bueno Pastor

Llegar a la Plaza de San Pedro no fue fácil para nadie, como para nadie es fácil la vida.
Ahora desde mi mesa reconozco desde lo más profundo del corazón, que en la inmensidad de Dios, todo el que deseó estar allí, allí estuvo. La presencia física fue una anécdota para contar, pues lo verdaderamente importante es lo que el corazón y en él, el alma, siente cuando algo ante nuestros ojos nos supera, nos emociona y nos completa. No quiero contarles lo evidente, pues presentes o en televisión, todos pudimos verlo. No quiero usar frases rimbombantes, pues la sencillez ahora es el mejor lenguaje. Hoy quiero hablarles de lo que allí aconteció, del espíritu que flotaba en una jornada de gracia infinita. Quiero ser la piel que se refleja en la de ustedes.
Tanta gente junta rezando, pidiendo, agradeciendo. Miraba sus caras que pasaban del llanto a la sonrisa, como la mía. Nadie era extranjero y de repente comprendí lo que en Las Escrituras nos dicen del Espíritu Santo, porque todos hablábamos una misma lengua, la de las lágrimas compartidas, la de las sonrisas cómplices, la de las manos entrelazadas. Nadie era más que nadie, todos éramos iguales y había personalidades que entre la multitud, no eran más que ustedes o que yo.
Dios y nuestros nuevos Santos Juan XXIII y Juan Pablo II, nos igualaban a todos.
Desde niña pensaba cómo serían los Santos. Creía que eran hombres del pasado, de los cuadros, de las iglesias, de los conventos; oliendo a humedad, incienso o cera.

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