¡Qué necesitados estamos!

25.03.2014 | 05:00
M. Vicente
M. Vicente

Voy a tener la osadía de escribir de alguien que no he conocido personalmente, ni siquiera seguí con atención su quehacer diario en los momentos álgidos de su trayectoria profesional, aunque sí es verdad que he leído mucho sobre su obra política. Me atrevo, además, a hablar de él un día en el que se ha escrito y mucho por parte de aquellos que vivieron en primera persona un momento tan importante de la historia de este país como fue la Transición de la dictadura a la democracia.
Yo entonces ni era consciente de la transcendencia del momento histórico que estábamos viviendo ni me interesaba la vida política, por más convulsa que estuviera en aquél verano de 19976, cuando el Rey Juan Carlos designó, parece ser que por sorpresa porque había otros candidatos con más pedigrí, a un joven Adolfo Suárez presidente del Gobierno y encargado de preparar las primeras elecciones democráticas tras la larga dictadura franquista y una nueva Constitución española, que significaría un nuevo marco jurídico para una convivencia pacífica de todos los españoles, una norma „con mayúsculas„ que ha servido para que se enterraran las viejas heridas de la guerra, hasta que otro presidente, llamado Zapatero, llegó y se empeñó en desenterrar a los muertos de las cunetas y que todos volviéramos a recordar lo que nos separa, lo que nos divide. ¡Cuán necesitados estamos ahora del Suárez del consenso y la reconciliación!
Es verdad que cuando uno se muere se tiende a destacar solo la parte positiva de su trayectoria vital, la cara más amable, los méritos y hazañas, pero además si es un personaje de la talla de Adolfo Suárez su figura se engrandece hasta el infinito y parece que en lugar de hombre fue una especie de ser superior que no se equivocaba jamás y seguramente como ser humano, en sus años de vida pública tendrían muchas luces „que quizá se hayan valorado con la perspectiva del tiempo„, pero también alguna sombra, porque de lo contrario, como destacó ayer uno de los periodistas que seguían la actualidad política entonces, no habría tenido el sonoro revés por parte del pueblo español que tuvo en las elecciones inmediatamente posteriores a su dimisión, las de 1982, a las que concurrió con el nuevo partido recién fundado, el CDS y posteriormente cuando presentó su dimisión y se retiró de la política.

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