El calendario que yo quiero

30.12.2013 | 04:45
Roberto Zamarbide
Roberto Zamarbide

Busco calendario nuevo de 2014 que cubra el hueco que va a dejar en mi pared el viejo de 2013 que estoy a punto de tirar. Y no vale un calendario cualquiera, aviso. El que yo quiero ha de ser alegre, inspirador. colorido, a poder ser con un compromiso social. No me terminan de seducir los del comercio del barrio, y menos aún los del banco. Éstos, ni en pintura. Me gustaría que cada vez que mire a mi nuevo calendario me brote una sonrisa casi sin querer, un gesto alegre de quien mira al futuro con ganas de que pasen las cosas y no con temor a que la vida se me caiga encima.
Al año 2013 le quedan dos telediarios para que demos carpetazo definitivo a este año impar y terminado en trece, dato que ya no sé si es mal o buen presagio. Para los supersticiosos, y yo ya no soy uno de ellos desde que me dijeron que ser supersticioso trae mala suerte, el cambio de calendario supondrá una apuesta por que todo nos vaya mejor, como si los dígitos influyeran en el curso de los acontecimientos. Aunque es cierto que hay circunstancias impepinables que llegan con el calendario, como el calambrazo que nos volverá a dar el uno de enero la subida de la luz, junto a la subida de todo lo demás. O la declaración de la renta que nos suele estropear la primavera.
Pero hay que mirar adelante porque no tenemos otra. Porque somos quienes tenemos las herramientas para construir nuestro futuro, y porque el pasado ya no nos sirve de nada. Y además, en lo que se refiere al año que termina, bien pasado está. Salamanca es uno de los mejores ejemplos para quienes consideran, que adivino somos la mayoría, que hemos tocado fondo. Este 2013 que termina quedará en la Wikipedia y los bancos de efemérides como la referencia para muchas malas noticias, demasiadas. Vimos extinguirse a la Unión Deportiva Salamanca, dejando huérfanas las ilusiones de miles de aficionados al fútbol unidos por una historia y unos colores. También fue el año de la evaporación de la que fuera nuestra Caja Salamanca, unida después a Soria, más tarde entregada a León y ahora perdida en un conglomerado de intereses dirigidos desde la otra punta del país.

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