La horra del optimismo

29.12.2013 | 04:45
Julián Ballestero
Julián Ballestero

Por un momento pensé que estábamos en una democracia de verdad. ¡El presidente del Gobierno respondiendo a las preguntas de los periodista! Bueno, respondiendo... más bien esquivando. Era la primera y única vez a lo largo de 2013 que Rajoy se sometía al fuego cruzado de los plumillas encargados de controlar el poder. Y el presidente no solo salió vivo, sino que hinchó el pecho y se sacudió el polvo de las sandalias al salir de la rueda de prensa.
Ocurrió el viernes pasado. No era un sueño. El hombre-plasma se aparecía en carne y hueso a los representantes de los medios de comunicación y por una vez no se escondía tras la cortina de humo de sus puros.
Don Mariano llevaba doce largos meses preparando el guión y ni los más intrépidos licenciados en ciencias de la comunicación consiguieron sacarlo de su estribillo: ha pasado lo peor y ahora iniciamos el camino hacia la recuperación. Amén. Así sea.
España está tan mal, tan hundida en la miseria, que dan ganas de creerle. Lo que pasa es que le hemos escuchado el mismo discurso en al menos otras dos ocasiones y ya tenemos el síndrome del burro que corre tras la zanahoria. Algo ocurrirá en 2014, alguna catástrofe imprevisible, que justificará un nuevo bajón de la economía y otro apretón a la cartera de los sufridos contribuyentes.
En caso contrario, el próximo año disfrutaremos del inicio de la recuperación y por fin no solo bajará el paro porque se van de España nuestros jóvenes y vuelven a sus países los inmigrantes, sino que crecerá la afiliación a la Seguridad Social "de forma consistente". Ojalá. Tenemos tantas ganas de salir del pozo que estamos tentados de agarrarnos a sus previsiones como al clavo ardiendo de nuestra salvación. Hay signos positivos en el limbo de la macroeconomía, donde los mercados han espantado el fantasma de la intervención, crecen las exportaciones y retorna el dinero de los inversores extranjeros, mientras la destrucción de empleo se ha ralentizado por falta de efectivos. Los españoles de a pie no hemos notado nada de esto, pero puede ser verdad.

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