Muertos vivientes

17.12.2013 | 04:45
Marta Robles
Marta Robles

La pobreza. Si el otro día me agarró de la yugular al tener que revisarme la estadísticas para escribir un artículo, hoy me ha pasado la cuchilla por la garganta y sangro. De rabia, de impotencia y de vergüenza. Mientras el Gobierno elaboraba ese plan, el primero que yo recuerde, contra la pobreza, y asumía, por fin, que son muchos los miserables en nuestro país, que no tienen casi nada, una familia moría intoxicada en Alcalá de Guadaíra, en Sevilla. No se sabe mucho, porque en estas cosas sucede que los adláteres, por mucha sangre pareja que tengan, reniegan de que a los suyos les haya conducido a la tragedia la falta de posibles. No hay nada que nos cueste más reconocer que la propia pobreza o incluso la de nuestros más cercanos. Y más aún, si, tal vez, no los ayudamos todo lo que debíamos. En el caso de la familia Caño, que tenía solicitada la ayuda pública en Octubre (una ayuda que la Junta tarda entre 8 y 10 meses en conceder), dicen y cuentan que comía de la caridad y, a veces, aunque tratando de evitar que se viera, de las basuras. De allí o de allá, quien sabe, sacaron los progenitores esos alimentos en mal estado que se llevaron a la boca, porque cuando el hambre aprieta no se hacen ascos a nada, y que le dieron también a sus hijas, de 13 y 14 años.

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