Se descubrió el pastel

01.12.2013 | 04:45
Julián Ballestero
Julián Ballestero

Siempre existe un motivo oculto tras los hechos más extraños. Durante mucho tiempo en Salamanca nadie podía entender el motivo por el que una camarilla de pequeños y no muy preparados empresarios adulaban y apoyaban al conflictivo y casi siempre dañino Juan Antonio Martín Mesonero. Era uno de esos misterios que, como el del diablo impartiendo clases en la cueva, carecía de explicación científica. Se llegó a hablar de un caso de hipnosis colectiva, pero nunca quedó demostrado.
Ahora se ha descubierto el pastel. Acabamos de hallar la piedra filosofal que explica esas sorprendentes fidelidades: los miembros de la camarilla de la Cámara y de Confaes no se abrazaban al electricista peñarandino por amistad, como declaraba alguno de ellos, sino por otros motivos contantes y sonantes.
Resulta que los directivos de ambas instituciones compartían con Mesonero negocios, empresas, subvenciones y prebendas. Que buena parte de la cúpula cameral y empresarial había ligado sus destinos en proyectos financiados por su valedor en Valladolid, el consejero de Economía Tomás Villanueva. Y existía todo un entramado de intereses comunes para el cobro de ayudas públicas, el reparto del siempre jugoso, opaco y maloliente negocio de los cursos de formación, el uso y abuso de las instalaciones casi gratuitas del Vivero de Empresas y el chollete de dirigir la Feria Agromaq sin poner un duro y con poder para colocar a los amiguetes.
Quien todavía crea en las coincidencias puede pensar que fue tan solo una casualidad que al mismo tiempo que Mesonero defendía en Salamanca la rendición de Caja Duero frente a Caja España, al mismo tiempo que ejercía de confidente de Villanueva, al mismo tiempo que abjuraba de la defensa de los intereses de Salamanca y arremetía contra quienes propugnábamos otro camino para la entidad de ahorro, estaba cobrando cientos de miles de euros de manos del consejero vallisoletano.
Fueron nada menos que 550.000 euros los que entregó Villanueva a Gerionte, la empresa de Mesonero con tan solo siete empleados (tocaban a 80.000 euros por barba; es decir, que hubiera sido mejor ponerles un piso).

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