Gibraltar

31.08.2013 | 04:45
JOSÉ ANTONIO BONILLA
JOSÉ ANTONIO BONILLA

En algún viejo texto escolar se decía que "España limita al sur con la vergüenza de Gibraltar" que se grabó en nuestras mentes infantiles como el Padre Nuestro. Así que Gibraltar me duele físicamente. Los españoles, este verano, hemos tenido la oportunidad de seguir la cadena de despropósitos que vienen sucediéndose desde hace medio siglo. Uno no espera, ni por imaginación, que un día al abrir el telediario veas la noticia: Rajoy se ha liado la manta a la cabeza y ha empezado a repartir leña a los monos gibraltareños y ha colocado el pabellón español en lo alto de la roca. Y después de lo sucedido en las Malvinas, menos. Uno se conformaría con que se mantenga firme en hacer retirar los bloques con garfios e impedir que se construya el nuevo espigón y que el paso de la verja para los contrabandistas no se lo tomen como un paseo. Los ministros de exteriores, que en España han sido, siempre han hecho lo contrario que aquel vecino de La Línea, que con su bicicleta y una maleta, entraba a diario en la colonia, salía con la maleta llena de tierra, quería vaciar el Peñón, por el contrario, las carteras ministeriales salen dejando todas las ventajas para los llanitos. Moratinos, la cara amable y mofletuda, los elevó de rango y Trinidad Jiménez pide diálogo que equivale a paz y claudicación.

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