La medida del tiempo

15.07.2013 | 04:45
La medida del tiempo
La medida del tiempo

Siempre supimos que los mensajes de móvil los carga el diablo y que según su contenido podrían ser utilizados contra nosotros. Tomamos confianza con la tecnología de la comunicación y un día nos cuentan que los amigos americanos se enteraban de todo lo nuestro, y quien dice la CIA dice aquel al que remitimos los mensajes en un arrebato. Y entonces entonamos en pobre de mí. Pero no escarmentamos y seguimos confiando nuestra vida a extraños, aunque parezcan conocidos. La tormenta de mensajes ha irrumpido en una ajetreada vida política en la que nuestro Javier Gómez de Liaño tiene un papel protagonista. Rayos por aquí, relámpagos por allá, truenos por todas partes nos aturden y deslumbran, alteran nuestras siestas viendo el Tour de Francia entrecortado, deseando que el tiempo retrocediera a aquellas sobremesas de Indurain en las que nadie sesteaba, como tampoco cuando corrían los nuestros: Cubino, Heras, Blanco?y antes, Tamames. El otro día, en la inauguración de salas de la Torres de Campanas estaba Emilio Cascón, uno de los ilustres relojeros de nuestro entorno, mimando la maquinaria del reloj catedralicio. El mismo relojero que ajusta la hora del reloj de La Glorieta para que los tiempos medidos lo sean con precisión. Cascón, más que solvente para arreglar cualquier reloj, nos confesó que era incapaz de dominar el tiempo y echarlo atrás. Supongo que Luís Alonso, Gregorio Mateos, Germán Clavero y Ricardo Canal, los relojeros recuperadores del reloj de la Universidad de Salamanca, dirán lo mismo: podemos con la maquinaria relojera, pero no con el tiempo. El tiempo se nos escapa de las manos como el agua, es incontrolable, camina hacia delante imparable y los tiempos pasados y perdidos son irrecuperables. La recuperación de relojes de referencia en Salamanca puede que sirva para tomarnos el tiempo más en serio y reparar en otros, como el de la Plaza Mayor: cuántas veces no hemos quedado bajo sus agujas. Quedamos en el reloj de la Plaza como quien queda en tal o cual comercio. De alguna manera forma parte de nuestras vidas, como de nuestro Andrés Santiago Zarzuelo, coleccionista y reparador de relojes, medidores del tiempo.
A veces el tiempo da la impresión de pasar rápidamente, y otras lo hace despacio, apenas si avanza. En los tanatorios pasa esto, que el tiempo va lento y las horas se hacen eternas. Lamentablemente ha sido un fin de semana de mucho tanatorio. El trajín de gentes que pasa por ellos es extraordinario y pegando la oreja uno descubre las circunstancias del tal o cual fallecimiento, pero también la vida de la gente. Porque en el reino de la muerte (tanatorio) de lo que más se habla es de la vida, curiosamente. Y se habla del tiempo, de ese tiempo de tormentas en el que hemos entrado. Y si el sábado era la tormenta que descargó en Salamanca, ayer domingo era la tormenta de mensajes que ha revuelto la vida política, y quién sabe si la política de la vida.

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