Alguien dijo que no habría verano

06.07.2013 | 00:12
Alguien dijo que no habría verano
Alguien dijo que no habría verano

Llegó el verano, entramos en julio y hace calor. Espléndido. Qué otra cosa si no va a hacer en julio, o sea, en verano, que calor. Raro sería lo contrario. Pues sí, pero fue precisamente lo contrario lo que no pocos pronosticadores del tiempo, de esos que gozan de cierta reconocimiento y garantía, dijeron que este año íbamos a tener y de hecho estamos teniendo, aunque con más calor del previsto, tanto que las terrazas al sol están vacías, no así las que están a la sombra.
El verano, hasta ahora, está siendo extraño, tiempo irregular, cuando no revuelto, muy cambiante, pero caluroso. O sea, que verano hay. Y más que habrá.
Síntomas de normalidad, al menos aparentes, las hay. La primera estampida de veraneantes se produjo sin mucho que destacar, además, han empezado las rebajas con los stocks como nunca estuvieron, repletos por el retraso de los calores y las escasas ventas habidas en pretemporada, con descuentos de hasta el setenta por ciento. Pues ni aun así se perfilan, de entrada, mejor que otros años, aunque ¿quién sabe? porque acaban de empezar, quedan muchas rebajas por delante y en todo este tiempo puede pasar cualquier cosa. Lo veremos.
Otro síntoma de que el verano ha hecho acto de presencia, aunque sin la puntualidad ni la contundencia acostumbradas, es el hecho de que los pueblos, que antaño gozaron de mejor presente que hogaño, andan metidos de fiesta en fiesta „cuando no es la de San Juan, es la de San Pedro, San Cristóbal, la Santísima Virgen del Carmen, que está al caer, San Lorenzo o Santiago, fiestas para todos los gustos y devociones„, comienzan a llenarse y a recuperar vida tras un invierno de larga y nostálgica soledad. Un detalle revelador de este trasiego humano, en gran parte de lo urbano hacia lo rural, lo marcan las populares paelladas que los programas festivos incluyen como el plato fuerte, y nunca mejor dicho, de la fiesta, al que se apunta todo quisque, dicho de otra manera y con propiedad, hasta el apuntador. Paella de 300 raciones, de las que al final no quedan ni las arrebañaduras, en un pueblo que cuenta con 147 habitantes censados. Este curioso fenómeno no se debe a que cada paisano y paisana se coma dos raciones, aunque alguno habrá, no, es que se sientan en torno a la paella el doble de comensales que habitantes tiene el pueblo.

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