La conciencia y el mal

05.07.2013 | 04:45
La conciencia y el mal
La conciencia y el mal

Hannah Arendt asistió como enviada especial del New Yorker al juicio de Adolf Eichmann, el nazi secuestrado en Argentina por el Mossad, y tras el proceso que lo condenó a la horca, publicó varios artículos sobre aquellos días en Jerusalén. Su tesis, acuñada como "la banalidad del mal", fue rechazada en el mundo judío y Arendt sufrió la demonización de los suyos. La discípula de Heidegger, fiel solo a su conciencia, escribió lo que pensaba, pero le costó caro. La verdad nos hará libres, pero quienes la defienden lo pagan. Es lo que subraya la película "Hannah Arendt", de la siempre rebelde Margarethe von Trotta, que vi la otra tarde en los Van Dyck, reencontrándome con el cine de verdad, apasionado e inteligente, no cine para zampar palomitas sino para entender y cuestionar la realidad.
Por judía despierta admiración el compromiso con la verdad de Arendt. El holocausto fue el genocidio más terrible perpetrado contra una raza en la trágica historia humana. Cómo no iba a saberlo y condenarlo la filósofa alemana, pero quiso hurgar más adentro, al ver de cerca y escuchar a Eichmann: un individuo vulgar, gris y anodino. El argumento exculpatorio del nazi era único: se limitó a obedecer órdenes, su deber era la lealtad a Hitler y consistía en embarcar a los miles de judíos que a renglón seguido serían masacrados en las cámaras exterminadoras. Un simple funcionario que cumplió con su obligación, no quien decidió la solución final, mero instrumento. La tantas veces esgrimida y repugnante tesis de la obediencia debida.
Hannah Arendt odiaba el nazismo, que sufrió, pero en el juicio a Eichmann penetró en algo tantas veces orillado: ¿por qué fueron capaces de actuar así tantos alemanes, aparentemente educados e inteligentes, hasta buenos padres de familia? Quedarse en el monstruoso Hitler y sus principales secuaces y verlo como un fenómeno aislado en el tiempo, es simplificar su complejidad. Arendt dio en el clavo al comprender que tantos criminales fueron posibles porque en su conducta falló la conciencia y sin conciencia no hay persona humana. Criminales con inteligencia pero sin conciencia: el mal sin límites al alcance de cualquiera, la banalidad del mal, cuando desaparece la conciencia, la capacidad de decir no con nuestro juicio crítico a lo que es inhumano. Y en ese abismo ¿dónde quedan la libertad y la responsabilidad?

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