El gramático interior

02.07.2013 | 04:45
El gramático interior
El gramático interior

Resulta sugerente la idea de que alguien pueda llevar un gramático dentro. Un Nebrija, apuntando por elevación y recordando, de paso, que se nos moría hace 491 años en Alcalá de Henares un día como hoy. Lo del gramático de serie, interno, lo dijo ayer el profesor Julio Borrego en la inauguración de los Cursos Internacionales en una lección llena de magisterio y gracia, que nos recordaba a aquel Iulius Agnus Nepone, coautor con Manolus Abbat de El Libro de Buen Folgar, un texto clásico en nuestra literatura universitaria, que tan buenos ratos nos ha provocado. Uno de esos libros que encajan mejor en Sotogrande que en Soto del Real, que se está poniendo como la urbanización costera pero enrejada y en el interior del nivel VIP de sus inquilinos: Blesa, De Cabo, Díaz Ferrán?y ahora Bárcenas. Una prisión en la que tenemos a unos cuántos funcionarios salmantinos, además. Bárcenas, ya se sabe, es el perejil de estos días, lo mismo lo encontramos en el estriptís de Cospedal que en la indignación de Esperanza Aguirre, quien, por cierto, no sale muy bien retratada en el libro de Ernesto Ekaizer presentado anoche en la Fundación Gaceta. Ekaizer narra el desdén con el que rechazó a los que iban a denunciarle una corrupción siendo presidenta de Madrid, aunque luego le exigiese a Bárcenas que publicase lo que tuviera contra ella. Entre las consecuencias de la lectura del libro está la de sentir cierto bochorno por el cínico comunicado reciente del PP asegurando su respeto por las decisiones judiciales.
Probablemente todos llevemos también un juez dentro, compartiendo espacio con el gramático. Un juez duro e implacable llevado más por las sensaciones que por las pruebas y quién sabe si además seguidor fiel del ojo por ojo. Naturalmente que en nuestro interior podemos encontrarnos con un boticario y un médico, capaces de recomendar el mejor fármaco para según qué cosa basándonos en el hecho de que le sentó bien a un conocido de un primo tiempo atrás, y lo mismo en el diagnóstico de males: ese médico que todos llevamos dentro enseguida apunta la patología que ocasiona ese dolor en el dedo gordo del pie o en el costado izquierdo. Mucho antes que el gramático, el juez, el boticario y el médico estuvo seguramente el entrenador del fútbol, ese que la noche del domingo salió de cada uno de nosotros asegurándole a Vicente del Bosque el éxito frente a Brasil si en vez de este ponía a aquel y en otra posición. Hubo un tiempo en el que también había en nosotros un arquitecto, pero con el pinchazo de la burbuja inmobiliaria de esfumó y confundió con el aire de crisis que nos envuelve, y que el economista que llevamos, igualmente, en nuestras tripas, ya hubiese depurado. El filósofo que forma parte de nosotros mismos diría que finalmente la solución a todo está en nuestro interior y puede que acertase, mientras que un sacerdote sensato llamaría a uno de los exorcistas de Rouco Varela para que nos liberase de tanta posesión, o quién sabe si sería mejor un psiquiatra para desprendernos de tanta personalidad múltiple.

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