Penosa herencia

18.04.2013 | 04:45
TOMÁS PÉREZ DELGADO
TOMÁS PÉREZ DELGADO

Incluso después de muerta, Margaret Thatcher no ha logrado un mínimo de acuerdo a la hora de valorar su obra política, que culminó en los casi diez años como primera ministra del Reino Unido. Ciertamente la clase política británica ha mostrado en sus funerales el respeto e incluso la admiración a que se hizo acreedora una personalidad de perfiles tan acusados como los de la ´dama de hierro´. Pero también es verdad que una parte de la ciudadanía ha seguido mostrándole una visceral animadversión, incluso en las ceremonias del adiós definitivo.
Y es que su llegada a Downing Street en 1979, precediendo en unos meses a la irrupción de Ronald Reagan en la Clasa Blanca, insufló nueva vida al fantasma de un ultraliberalismo que Roosevelt en Estados Unidos y McDonald en Inglaterra habían aventado ya en los años treinta, por considerarle responsable último de la ´Gran Depresión´. Es más, sobre la base de la obra de ambos estadistas se edificó el consenso social y político que dominó en Occidente hasta los años ochenta del pasado siglo. A partir de entonces, sin embargo, el reaganotatcherismo sentó las bases de la desregulación económica y de la destrucción sistemática del peso de lo público en servicios tan esenciales como la salud o la educación.

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