Sin jactancia ni alabancia

11.04.2013 | 04:45
ANSELMO SANTOS
ANSELMO SANTOS

Ya queda lejos la Semana Santa, pero aún vuelven los ecos de su recuerdo envueltos en agua. A pesar de que se vaticinan malos augurios, la vida continúa y por ello coincido en uno de mis paseos cotidianos con Genaro un personaje recio en su vocabulario, en sus costumbres, respetuoso y cariñoso con la gente. Me invita a un refrigerio en bar cercano que acepto, pues sin duda de otra forma no podríamos comenzar a platicar ni contarme sus vivencias en las que se mezclan las anécdotas jocosas con las aseveraciones contumaces. Tomamos un vaso de vino bueno y una "banderilla" de aceituna de hueso, anchoa y pimiento rojo. Genaro, picarón él, se ríe moviendo de posición su gorra bilbaína (la tiene capada)€ y sin preámbulos asevera: "Te voy a contar un sucedido"€
En Barcelona antiguamente, de cuando había tranvías, se celebraba una procesión de Semana Santa con gran recogimiento. Todo transcurría según lo previsto y en ella se hacía notar un nazareno que con enorme cruz de madera sobre sus hombros y pesadas cadenas arrastradas por sus pies descalzos en penoso andar, avanzaba. En un momento determinado el nazareno se fue desviando por una calle lateral al recorrido de la procesión y siguió la marcha en solitario ante el asombro del resto de nazarenos.

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