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HEMEROTECA » |
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ALBERTO ESTELLA
¿A que no quieren que les hable de la prima de riesgo ni del corralito?. Pues va también de actualidad, pero "solo para mayores".
Hace falta estar bobo —y verriondo—, para meterla en un cilindro. La pata no, la herramienta. Susana Magdaleno, por la que me enteré del suceso, la llamaba ayer en estas páginas, "el órgano juguetón". Efectivamente, dicen las crónicas de Granada, que un individuo de 52 años metió la minga en un cilindro metálico de dos centímetros de diámetro. Sucedió lo que tenía que suceder, y cuando el pecador de la pradera estaba a punto de gangrena, pidió auxilio. A "pitoalegre" lo rescataron evitando tirar a la basura el colistrajo, que es como llamaba mi amigo el Gamba a la cola depauperada. Lo excarcelaron los bomberos como a esas víctimas de tráfico a las que sacan de entre los hierros retorcidos cortando la chapa. No rescataron al pervertido, sino como diría el maestro Anson, su bálano embravecido Fue en un quirófano del Hospital Ruiz de Alda donde los cirujanos lo intentaron sin éxito, llamando a los bomberos, que saben tanto de fuegos, incluso pasionales. Dicen que la operación fue muy delicada, por razones obvias, y consistió en cortar lenta y diestramente el cilindro metálico (cuatro milímetros de espesor) que aprisionaba a "paquito". Con una sierra circular, ¡de bricolaje!, y la precisión necesaria para no cortar chicha. Parece que el miembro excarcelado, pasado el susto y el peligro de necrosis, podrá seguir entrando donde debe y donde no. Si hubiera seguido la conseja de Witiza – "donde veas pelo atiza" -, no le hubiera sucedido. Pero quien sabe, porque un soldado de mi compañía —durante las prácticas de alférez en La Coruña—, cayó desplomado y le llevamos a la enfermería. El capitán médico Antona, salmantino, ordenó que le desnudaran, a lo que el parvo se negaba obstinadamente. Cuando logramos que lo despelotaran, apareció entre sus piernas una especie de gigantesca y amoratada amanita faloide, ay, causada por la estrechez de su pellejo no circuncidado. Tuvo su primer ayuntamiento , que fue —como tantos españoles, durante la mili—, con una meretriz. La vergüenza le había impedido reconocer su peligroso priapismo."¡Te has jugado el pito, animal, y hasta la vida!", le gritó Antona. Pero le salvó el cipote.
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