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JUAN ANTONIO GARCÍA IGLESIAS
Quedó atrás el Lunes de Aguas. Bien, ¿y eso qué significa? Pues significa que dimos por terminada nuestra particular Cuaresma, con lo que la vuelta a la normalidad ya es total.
La normalidad para nosotros es el sometimiento a la disciplina implacable de la rutina diaria con la esperanza de que nada la altere salvo el riguroso cumplimiento del calendario con sus efemérides y su nutridísimo santoral, que desde hoy mismo da por iniciada la racha de fiesta y celebraciones, de las que no hay pueblo que se escape para gloria suya y diversión de todos.
La primera gran fiesta, la de Castilla y León, ya la tenemos a mano, que concentra su espíritu en la campa de Villalar, tan lejos de todas partes que pasa bastante desapercibida. Si no fuera por el libro, del que también es su día, no habría nada que celebrar.
A partir de ahora comienza el goteo que no acaba hasta bien entrado el mes de octubre, porque durante todo este tiempo [en la provincia si no es Santa Teresa la que cierra el programa anual de fiestas populares, cerca anda], a lo largo y ancho de nuestra geografía, no hay pueblo sin fiesta ni ermita sin romería, con crisis o sin ella, porque nada cambia, sólo el presupuesto, hasta donde dé y buenamente se pueda.
Vamos, lo que nos faltaba, que la crisis acabara también con todo esto. ¿Apretarnos el cinturón? Lo que sea menester, pero no tanto, porque lo festivo no se toca, todo lo más un poquito. Sólo eso.
¿Se imaginan ustedes qué ocurriría si las fiestas desaparecieran del calendario? Mejor es no imaginar. Además ¿para qué? Si no va a ocurrir. Se podrán reducir gastos, recortar programas, adaptar todo a la más o menos maltrecha y escasa economía, pero lo esencial se mantiene intocable. Ya se encarga de eso quien tiene la última palabra, es decir, el mocerío que corre los toros, carga con el santo en la procesión y vive como nadie la fiesta, quien quita y pone rey. En muchos pueblos mientras queden quintos habrá fiesta, personajes de peso en estos avatares aun cuando no haya quintas porque no hay reemplazos al no haber mili, pero las fiestas sobreviven a las vicisitudes de la propia historia y a los cambios de quienes la llenan. Siempre ha sido así.
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