Lo malo de los futbolistas sentados en el banquillo, es que están obligados a ejercitar mucho más el pensamiento que el músculo. Cuando a Villa se le ve con esa cara de circunstancias que tiene en el banquillo precisamente en el día de su cumpleaños es seguro que se ha puesto a reflexionar con tristeza sobre la siguiente cuestión: ¿Por qué esta temporada yo estoy rotando tantísimo y otros no rotan jamás?
Cuando el Barcelona fichó a Villa, éste acababa de conseguir lo máximo a lo que puede aspirar un futbolista: ser campeón mundial con la selección de su país. También lo máximo a lo que puede aspirar un goleador: ser máximo goleador de ese mundial.
No obstante se le advirtió que debería ser consciente de que acababa de fichar por un equipo en el que habría otros jugadores más importantes que él. Aunque hasta entonces todos los equipos por los que había ido pasando jugaban para él, Villa se resignó a ser secundario en un Barça en el que compartiría delantera con Messi. A esas alturas también sabía que otros extraordinarios depredadores del área como él caso de Etoo o Ibrahimovic, que no aceptaron con filosofía el papel de niño mimado y caprichoso que Guardiola le reserva a Messi, fueron expulsados de la jaula azulgrana.
De lo que nadie advirtió a Villa, es de que primero jugaría fuera de su posición habitual para no estorbar las internadas por el centro de Messi y segundo, que sería apartado de la alineación titular a medida que su juego no se acomodase a los deseos de la estrella argentina, a la que durante esta temporada además hemos visto más ansiosa y egoísta que en cualquier otra anterior.
Esos momentos concretos de Messi recriminando sobre el césped acciones a Villa, cuando éste intentaba finalizar alguna jugada en la que Leo se creía con más derecho a disparar a portería que él, son la certeza de que Alexis, Pedrito o Cuenca, mucho más disciplinados, tienen un futuro más halagüeño en el Barcelona, que el que en estos momentos disfruta el delantero titular de la selección española.