A PIE DE CALLE

El difícil puzle parlamentario (II): la negociación

Transcurridos más de dos meses desde la celebración de las elecciones generales, la sesión de investidura se producirá esta semana con los pactos y la negociación como telón de fondo

29.02.2016 | 18:19
Comité Federal del PSOE.
Comité Federal del PSOE.

El fragmentado Parlamento resultante de las elecciones generales del pasado mes de diciembre ha provocado una situación política a la que estábamos poco acostumbrados. Esta misma semana se va a producir un hecho inusual en la historia reciente de nuestro país: el candidato a ser investido como Presidente del Gobierno pertenece al segundo partido con más votos. Un hecho que, sin duda, se produce por la incomparecencia del líder del partido con más votos –Mariano Rajoy, del Partido Popular- y su abnegación para el acuerdo con los demás grupos políticos. 
 
Pedro Sánchez, líder del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno en las últimas elecciones, será quien se someta al debate de investidura como candidato, tras haber sido propuesto por el Jefe del Estado después de la ronda de contactos que éste mantuvo con los diferentes grupos políticos que conforman el Congreso de los Diputados durante enero. Tras la propuesta del Rey, el candidato propuesto inició las negociaciones con el resto de grupos representados en el Parlamento, alcanzando con Ciudadanos un amplio acuerdo que le garantiza su apoyo en la sesión de investidura.
 
Mucho se ha hablado del acuerdo firmado por PSOE y Ciudadanos, de 66 páginas, que aborda las principales cuestiones que preocupan a la sociedad española, al que cabría calificar de positivo en términos generales y cuyo respaldo entre la militancia socialista ha sido notable tras la consulta celebrada el pasado sábado. No obstante, en términos estrictamente numéricos, el apoyo parlamentario de Ciudadanos resulta insuficiente para la investidura en primera y segunda votación, por lo que precisa del apoyo de otras fuerzas políticas.
 
En cambio, y pese a que la suma no sea suficiente, el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos tiene una trascendencia política mayor, al ser el primer gran acuerdo en la nueva etapa política que vive nuestro país, donde ninguno de los dos principales partidos políticos es hegemónico. Es el primer paso de la nueva política de acuerdo que debe imperar en las instituciones políticas y donde la negociación y el acercamiento de diferentes posturas serán las notas definitorias. Eso siempre que haya lugar a la negociación, porque hay actores políticos que juegan a otra cosa: a unas nuevas elecciones.
 
Al mismo tiempo que el PSOE negociaba con Ciudadanos, lo hacía con otros grupos políticos representados en el Parlamento –Podemos, En Marea, Compromís, IU y Cataluña en común-, situados ideológicamente a la izquierda, terreno más próximo al PSOE. Sin embargo, y con el anuncio de la firma del pacto entre socialistas y los de Rivera, Podemos decidió romper de forma unilateral las negociaciones con el PSOE, en un torpe movimiento que les alejaba de lo importante: la política, la negociación, el acuerdo, el intercambio de pareceres para alcanzar un acuerdo sobre el bien común…
 
La actitud del establishment podemita resultó sorprendente, aunque esperada. Su reacción de romper las negociaciones con el PSOE más bien parecía un ataque de celos sobreactuado con dosis de teatro, lejos de ser una actitud conciliadora destinada a articular un pacto de gobierno progresista para cambiar las políticas. A nadie le debería sorprender que el PSOE pactara inicialmente con Ciudadanos, un partido ideológicamente más lejano pero con el que era importante compartir un mínimo programático, en previsión de la mayor dificultad para llegar a un acuerdo con el que puedes estar “menos cerca”. Esta forma de proceder es lógica en toda negociación: intentar conseguir el objetivo más lejano para después reafirmar el que aparentemente es el más sencillo –por compartir más con ellos-. Pero no fue así.
 
Los de Pablo Iglesias salieron en tromba, deslegitimaron el acuerdo alcanzado para tacharlo como un acuerdo “de derechas” –curiosamente, el PP lo ha tachado “de izquierdas”- y así tener la excusa perfecta para levantarse de la mesa de negociación con el PSOE. La estrategia de Podemos es tan burda como poco rentable, salvo para eso que se ha dado en llamar la “política-espectáculo”, donde cada día se espera un titular más grueso que el anterior y una comparecencia menos surrealista que la siguiente. Y digo que es poco rentable porque la gente no espera de los responsables políticos acentuar las diferencias para provocar unas nuevas elecciones, sino acercar posturas y lograr formar Gobierno tras 70 días desde las elecciones.   
 
En todo este escenario, quien más se beneficia de la actitud de Podemos es directamente el Partido Popular, cuyos dirigentes no han movido un solo dedo por conseguir el apoyo de al menos otro grupo parlamentario para su candidato. ¿Sorprendente? En absoluto. La forma de proceder del PP es propia del comportamiento político de Mariano Rajoy: esperar tumbado en la hamaca para ver si escampa. Y puede que le funcione, una vez más, si logra la anuencia poco lógica de Podemos, que quedará retratado como partido si vota “no” junto al PP. Un PP acorralado por los casos de corrupción que pide a voces pasar a la oposición para solventar sus graves problemas estructurales para que otros, con otras políticas diferentes, y con la negociación como principio y el acuerdo por bandera, afronten los problemas de la ciudadanía con la perspectiva social que se necesita.

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