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El día 20, hay dos opciones: votar o no votar. La primera, la razonable, supone implicarse como ciudadano en la vida política del país, también supone optar por un modelo de salida a la crisis o por otro totalmente opuesto, por reforzar los servicios públicos o por recortarlos, por no dejar desamparados a los que más están sufriendo la crisis o por estar sometidos al poder de los famosos mercados… y así un largo etcétera de disyuntivas que tendrán que ser resueltas en las próximas horas para tomar parte en lo que, en ocasiones, se denomina la Fiesta de la Democracia. La segunda, no votar, muestra a un ciudadano despreocupado por la realidad que le rodea; implica no querer saber del futuro cuando más se necesita de la opinión de los ciudadanos; supone desentenderse, en definitiva, del destino del Estado del bienestar.
Ahora que tanto se habla de economía, de especulación y de los mercados, es en las bolsas donde los inversores son más fuertes cuanto más dinero tienen; sin embargo, la Democracia conquistó un principio supremo, que es la base y da sentido a las elecciones: "un ciudadano, un voto". Frente a la especulación, es más especulador y tiene más poder quien más dinero posee; sin embargo, frente a la urna, todos los ciudadanos son iguales, tengan más o menos dinero. Si de verdad queremos darle a la política la importancia que merece frente a los poderes económicos que quieren interferir en ella, la apuesta para el domingo es clara: votar, y votar por una salida de progreso social y por el mantenimiento de los servicios públicos y de calidad.
En estos momentos, se está poniendo en duda, como nunca antes se había hecho, una de las conquistas más importantes tras la Segunda Guerra Mundial: el Estado del Bienestar. No es una cuestión menor porque, del resultado de las elecciones, se derivarán consecuencias para el mantenimiento o la desaparición del Estado del Bienestar tal y como lo conocemos, es decir, de las pensiones, la Sanidad, la Educación, la cobertura por desempleo, las becas y ayudas al estudio, la Ley de la Dependencia… tal y como los conocemos.
La derecha ha difundido la idea de que el Estado de bienestar es inviable cuando, en realidad, lo único inviable es la falta de solidaridad y las desigualdades contra las que lucha la protección social, y más en tiempos de crisis. Optar el domingo por una merma de derechos y por un Estado de bienestar reducido, supone dar la espalda a los derechos sociales.
Yo, con mi voto, el Domingo sentiré la responsabilidad de elegir y hacerlo bien, pero estaré seguro que en mi mano habrá dos papeletas – Congreso y Senado – de un partido político que sé que mantendrá unos servicios públicos de calidad y el Estado del Bienestar.
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