IN MEMORIAM

Fandiño, el vuelo libre

El crítico taurino Javier Lorenzo analiza la carrera del diestro y su vinculación con Salamanca

18.06.2017 | 11:21
Iván Fandiño, en La Glorieta.

Once meses después. Once meses y ocho días. Otro sábado negro; como aquella tarde de incomprensión, de drama y de impotencia en el ruedo de Teruel y en el mundo entero. Otra vez ha muerto un torero. Esta vez en Aire Sur l'Adour, un pequeño pueblo del suroeste de Francia, a apenas media hora de Mont de Marsan, tiempo en el que Fandiño dejó su vida vestido de luces para viajar a la eternidad. Desde su libertad, desde su independencia. Fandiño murió así, independiente y libre, que fue como quiso vivir en el toreo. Vida y muerte unidas cada día, cada minuto, cada segundo en el que un hombre tiene en mente soñar con la Tauromaquia. Por eso, con esas pautas vivió, sufrió y gozó en el toreo, sin reducirse a sus normas no escritas, sin doblegarse, sin rendirse, sin someterse a su ingrato y no siempre justo sistema, sin ceder ante el poderoso. Fandiño fue siempre dueño de su vida. Fiel a su gente y a su destino. "Un cobarde muere mil veces, el valiente solo una. Descansa en paz amigo", le escribió Talavante hace solo unas horas en su perfil de Twitter; donde el propio Fandiño también tecleó el 12 de enero de 2012 una frase para la historia: "El auténtico guerrero sabe que solo tiene una opción: ganar o morir en el intento". Bien podría ser su epitafio.

Ahora, tras otra noche en vela para los toreros y para el mundo de los sensibles tratando de asimilar lo real y lo imposible, la verdad, la crudeza y también la grandeza de este arte de suerte y muerte, revolotean por la mente las imágenes del torero muerto. Las orejas de las Ventas, a puro huevo, que le fueron abriendo hueco en el toreo para sacarle del anonimato y convertirle en torero de Madrid y llevarle a las ferias. Su Bilbao. Pamplona. Su rebeldía de no brindarle al Rey la tarde de Beneficencia donde le hicieron hueco las figuras. Su refugio en el Campo Charro, donde volvía para reencontrarse con sus orígenes. A Salamanca, casi de niño, llegó tieso, ansioso de gloria, enamorado y comprometido ya con el toreo. Le recuerdo llegar a una finca con un coche desguazado y desconchado en busca de un tentadero. Subido en la tapia en busca de su oportunidad, siendo un perfecto desconocido y deseoso de robar un muletazo. Por aquí deambuló y sorteo caminos en busca de un pitón en las tientas, y se buscó el cobijo de algún pajar para echar la noche al raso. Frío unas veces, luna llena otras. David Mora fue su compañero, su rival, su consuelo, su confidente. Los dos se encontrarían años después saboreando, rivalizando y disputándose la gloria. Los dos pagaron caro, muy caro, sus sueños por el toreo. Carnes abiertas una y mil veces con la sinceridad de los valientes. De los héroes. David Mora sigue vivo para contarlo.

En Ciudad Rodrigo apareció en las capeas para sortear las embestidas de los toracos más grandes (como hacía por los pueblos de Guadalajara), y a ese mismo escenario de Miróbriga llegó, años después, para torear el festival de las figuras. Y como figura desorejó a un toro de Adelaida una tarde de Feria en La Glorieta. Fandiño se hizo grande él solo. El torero que luchó en sus inicios novilleriles contra su propio cuerpo con la dieta de la piña y el pollo. El torero al que le gustaba celebrar sus triunfo con el gustazo de un McFlurry. Con su fiel e inseparable Néstor, con su ilusión y su grandeza fue dando pasos adelante; sin retroceder y sin renunciar. Un torero libre. La libertad que tendrá y de la que gozará en el cielo a donde viajó empeñado en recuperar su sitio en el toreo. Fandiño dejó su vida en el ruedo para darle grandeza a un arte en el que se muere de verdad, aunque uno vuele libre.

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