AL PITÓN CONTRARIO

Un hombre bueno

Una mañana de domingo, como la de hoy, José Manuel Sánchez vio el último tentadero en Agustínez hace apenas quince días

16.02.2014 | 18:05

El campo, ver y estar en sus fincas y sus vacas le daban fuerza y él, muy debilitado, la sacaba de donde ya casi no la tenía. Y a esa fuerza de ganadero bravo y enamorado de sus toros se aferraba. A la misma hora de su funeral en la iglesia de San Julián en Salamanca, el Bolsín Taurino de Ciudad Rodrigo guardaba un minuto de silencio por su recuerdo. Ahí se me vino a la memoria la anécdota del invierno pasado cuando los miembros del certamen mirobrigense no encontraban vacas para los tentaderos y salió José Manuel al rescate: "¿Os faltan dos tentaderos?", les preguntó€ Y tras encontrar la afirmación por respuesta, rápido acabó con el problema: "Ahí tenéis dos tentaderos de mi casa para lo que os haga falta".

Y allí salieron dos vacas murubeñas de las que no se olvidan fácilmente, una "Escamosa"-181 y una "Soldado"-193. Así era José Manuel Sánchez, como lo ratificó su mujer Pilar a los pies del féretro el pasado viernes durante el velatorio con la congoja a cuestas: "Ha sido un hombre bueno". Lo comprobé de primera mano, alejado de esos sentimientos que borbotean ante el doloroso trance de la despedida definitiva. Disfruté de su maravillosa conversación y de su ironía socarrona y no siempre comprendida, de su sabiduría y de su conocimiento del campo, de la magia de sus palabras, de su verbo fácil y acerado. Un hombre bueno. Para conocerlo y disfrutar con él de su pasión, que no fue otra que el toro bravo.

Guardaré para siempre el cariño que sentí de aquella llamada suya y de su mujer Pilar el día que en las páginas taurinas de LA GACETA DE SALAMANCA publicamos el suplemento especial de "La sentencia de los patas blancas" que denunciaba el maltrato al que se vio sometido por la Administración con unos insensibles, desproporcionados y crueles saneamientos veterinarios sin escrúpulos que le obligaron a matar decenas y decenas de sus vacas patasblancas y santacolomas, que le cercenaron la ilusión de seguir adelante con los cuatro encastes diferentes que crió en su casa al mismo tiempo y que fueron camino del matadero, con la única supervivencia de los murubes que se han convertido en la ilusión de la familia.

Curiosamente, José Manuel Sánchez se ha ido por delante de sus toros de Vega Villar que lucen el histórico hierro de Sánchez Cobaleda y también de los santacolomas de Terrubias, cuya última camada de cuatreños se lidia este año que ha empezado con tanto y tan irreparable dolor. En poco más de un mes se han ido dos grandes ganaderos, él y Nicolás Fraile. Dos debilidades. Dos referentes.

Aquellas trabas de la Administración dejaron sin vacas la legendaria finca de Castillejo de Huebra. Y sin ellas desapareció el color inconfundible de esa maravillosa ribera del Huebra que se veía desde la carretera salpicada de las vacas berrendas, luceras, calceteras, bragadas, gironas, gargantillas, ensabanadas€ que allí pastaban muy cerca de la histórica y aneja plaza de tientas construida en piedra y en la que se acumulan los recuerdos y donde ya nunca se volvió a tentar. Su hija María José y Fernando me la enseñaron una tarde de primavera en el silencio sepulcral del vacío, con las lágrimas en los ojos que atenaza la injusticia. De allí desaparecieron las vacas, y los últimos toros se criaron en el "refugio" de Extremadura, en las fincas de Santa María y Zamarril que descubrí de su mano el último mes de marzo en la que al final sería su última visita a sus toros (en marzo hará un año) y a aquellas tierras que se convirtieron en uno de los paraísos de este maravilloso animal, en el más vivo ejemplo de la variedad de encastes. Por un lado los murubes de Castillejo de Huebra y por otro los santacolomas de Terrubias y los patas blancas de Sánchez Cobaleda que este año llegan a su fin. Aquella jornada resultó una delicia, una de las mejores lecciones para disfrutar y paladear el toro en el campo.

Vimos amanecer y se nos hizo de noche montados en el remolque absorbiendo sabiduría. Aquel será mi mejor recuerdo de, cómo dijo su mujer, un hombre bueno, uno de los últimos románticos del Campo Charro que hace poco pudo bautizar y ser el padrino de su nieto Fernando y que hace sólo unos meses vio como su nieta María ponía el primer hierro en su ganadería. Y con esa tranquilidad se marchó, sabedor de que el futuro está asegurado y lo deja en buenas manos.         

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