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HEMEROTECA » |
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El viaje a Cataluña fue especial desde el primer momento en el que pusimos el pie en Barcelona. Había un servicio de bus shuttle del aeropuerto al hotel y el chófer que nos vino a recoger nos miraba como con ganas de preguntar algo hasta que se animó. Se dirigió hacia mi compañero de la Cope, Melgar y le dijo: "¿Usted trabaja en el programa de Michael Robinson, verdad? " Como al amigo Toni le va la marcha le siguió el rollo: "Sí, sí, por supuesto, pero últimamente salgo una semana sí y una no". El hombrito se quedó asombrado, así que decidimos prolongar la broma y fingimos una supuesta bronca telefónica con el mismísimo Michael Robinson. "Que no Michael, que estamos en Barcelona y ahora no te podemos atender… que me da igual que estés con Nacho Lewin… ¡he dicho que no! Vete al carajo Michael y aprende a hablar español de una vez, coño". El pobre chófer estaba aterrorizado y a nosotros nos caían lagrimones de la risa. ¿Quién eran esos tipos que trataban así a Michael Robinson? Nos dejó en el destino y casi nos reverenció. Vaya huevos tienen estos.
En Barcelona se respiraba una unidad que hace tiempo que no palpo. Recuerdo que Juanjo Pascual, por entonces consejero, aprovechaba las tardes para rastrear solares con vistas a invertir —que buenos tiempos para el ladrillo había por entonces— y hasta visitó el hotel Arts pensando en construir algo parecido por Salamanca. Por las noches, en el Restaurante Salamanca de Silvestre, algunos de los hombres más serios de la UDS hasta se arrancaban por habaneras. Inédito. Lo más feo de aquellos días lo vi en el Prat. La mayoría de los jugadores de la Unión despreciaban los bocadillos de jamón ibérico que Silvestre les había preparado a mano y compraban otros en el Pans&Company. El que es tonto es tonto. El caso es que eliminamos a los catalanes y el último escollo era el Sevilla B.
De camino a la capital andaluza paramos a tomar un cafetito con su correspondiente pincho de tortilla por Almendralejo –siempre paramos ahí- y en la misma estación de servicio nos topamos con toda la tropa de la directiva unionista: Ángel Mazas, Manuel Campo, Modesto Sánchez… Nos estábamos ya despidiendo cuando mi fotógrafo, Barroso, abrió la puerta de su furgoneta y empezaron a caer juguetes de su hijo: un triciclo, un balón, un dinosaurio, un sonajero… La escena que se montó a raíz de aquello fue inolvidable: un consejero se pone a jugar con el balón, el otro amaga con subirse al triciclo y Ángel Mazas se agencia el sonajero y se dedica a hacerlo rodar por la terraza. "Presi, que te voy a tirar una foto, eh", le amenazo. "Venga, vamos, tírala", me dijo. Y se la tiré. La hice con un móvil y decidí no publicarla porque daba demasiada sensación de cachondeo. Durante cinco años la he guardado con muchísimo cariño, pero hoy me ha parecido oportuno y divertido enseñarla.
Faltaba lo mejor. La llegada del bus del Salamanca al Sánchez Pizjuán me pone la piel de gallina sólo de recordarlo. Bengalas rojas, bufandas al aire y una muchedumbre de unionistas haciendo un estrecho pasillo humano a un equipo que se puso a mil nada más respirar aquel ambiente. También sufrimos, pero también triunfamos. Ojalá este año podamos vivir lo mismo. El fútbol y el periodismo merecen la pena por cosas como estas.
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