Dos orejas para Ponce, que pone en pie La Glorieta en el cuarto de la tarde

Ovación para Javier Castaño en el primero de su lote, que le mandó a la enfermeria; cortó una oreja al áspero quinto toro | Una oreja para Garrido en el último de la tarde

13.09.2016 | 18:35
Dos orejas para Ponce, que pone en pie La Glorieta en el cuarto de la tarde

Saltó al ruedo Alambisco, de formidable esqueleto, capa negra, engallado, desafiante, con su colocada testa, distinguida y arrogante. Estrecho de sienes, tocado arriba, engatillado y muy serio. Y apareció Garrido para soltar tela. Tras recogerlo, se embraguetó con él maravillosamente, en un saludo capotero soberbio. El percal cogido cerca de la esclavina, las manos bajas, el embroque perfecto, el mentón hundido en el pecho y el trazo del lance en curva y comprometido. No fueron ni una ni dos, puede que pasara la docena de verónicas, se perdió la cuenta en la embriaguez del momento. Una delicia ver torear con el percal así. Casi desde las tablas y hasta la misma boca de riego soltando capa, de manera apasionada, vibrante, bella, artista... Una gozada verle torear hasta que se abrochó con la misma media en la boca de riego. La plaza crujió como pocas veces. Garrido había bordado el toreo a la verónica como no se recuerda en esta plaza desde hacía muchos años. El toreo de capote de Garrido fue una de las claves; porque antes había encandilado al respetable con un florido, airoso, gustoso y precioso quite por chicuelinas, donde el juego del capote voló la suavidad de las alas de una mariposa. Se paró un par de segundos antes del remate, le echó el vuelo con las muñecas de una manera espléndida, enganchó la embestida y se la enroscó a la cintura en un media sublime. Garrido dio forma a una faena que costó lanzar al sexto, en el que exigió mucho de inicio y le costó cogerle el pulso para administrar el buen fondo, pero fue construyendo la faena poco a poco para explotar al final, con dos buenas series y un intenso y comprmetido cierre por bernadinas que engarzó con dos interminables remates que subieron el voltaje del ambiente.

El otro punto álgido lo puso un toro soberbio llamado ‘Bellito’, que resultó un espectáculo. Serio, concuajo y mucho volumen, cornidelantero, estrecho de sienes y engatillado, que apenas quiso saber nada hasta que despertó bajo el caballo de José Palomares. Lo terminó de romper y someter De la Viña en una poderosa brega y llegó al tercio final con una entrega soberbia, poderoso y entregado. Con una fabulosa profundidad en cada embestida y poniendo emotividad a los movimientos. Ponce tiró líneas de inicio y tardó en meterse mucho con él. Casi no lo hizo hasta el epílogo de una faena interminable en la que le dieron multitud e vueltas al pasodoble de El Viti. Al final explotó la faena porque Bellitó no se cansó de embestir, de manera formidable siempre. Y, en esas postrimerías, Ponce lo terminó cuajando a placer con la mano derecha, tanto que le invadieron los avisos aún toreando de muleta. Incansable el tío. No le importó el recado; ni los nervios fueron el motivo para dejar un horrible metisaca que no incomodó a la presidencia para conceder el doble trofeo.

El primer toro de la función se lo brindó Ponce a Castaño en el particular homenaje del maestro a su ahijado (hace ya 15 años de su doctorado) después del duro trance de vencer al cáncer. Ese Potrico, ovacionado de salida, fue un auténtico regalo para el de Chiva, por su almibarada condición. Un toro para gozar, por su nula exigencia y bondad al que fue exigiendo poco a poco desde la periferia, sin comprometerse, al hilo. Buscó la estética por encima del compromiso y al final cuajó una tanda a derechas al ralentí que resultó un gustazo.

A Castaño le recibió la afición de Salamanca con los brazos abiertos con una ovación que reconocía su triunfo en la vida tras vencer un cáncer. Abrió fuego con un Medilonillo encastado pero intermitente, al que firmó una faena que se fue desinflando tras un buen inicio genuflexo y una tanda bien medida, estructurada y vibrante. Bajó por la zurda, donde la confianza del torero era menor, como la entrega en el de El Pilar. Se le atascó la espada y al salir del segundo pinchazo le hizo hilo, perdió el engaño y cayó en la cara. El toro le pisoteó y le dejó maltrecho y dolorido. Otro Potrico fue el quinto, más arisco, menos dulce, más exigente que el que abrió la función. Aquí le tocó tragar paquete a Castaño en busca del triunfo. Le castigaron fuerte en el caballo en el que manseó y aún así llegó muy vivo a la muleta. Incierto a veces, entregado otras. Cambió mucho y no fue sencillo cogerle el aire. Castaño no perdió la compostura, le echó valor, tiró de arrojo, mató con solvencia y le arrancó un trofeo que le tuvo que saber a gloria.

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