El albardero de Palaciosrubios

Una vida de trabajo y sacrificio

14.10.2015 | 18:10
Jose Luis, albardero de Palaciosrubios

José Luis Sánchez nació en Palaciosrubios y desde muy chico tuvo que dedicarse a las faenas agrícolas, primero como rapaz y más tarde segando, que se mire como se mire, no fue ningún ascenso. A los 17 años de edad se inició en la tarea artesana de hacer albardas y colleras para todos los animales de labranza, que por aquel entonces, eran necesarias en las duras actividades en los campos de la comarca de Peñaranda de Bracamonte.

Y estuvo muchos años trabajando en ello, siempre en su vetusto taller familiar y como entonces los desplazamientos los hacía en burro; cuando le encargaban un trabajo en las pudientes casas labriegas del entorno, el bueno de Luis tenía que hacer dos o tres noches de estancia y dormir en la cuadra en un saco de paja como colchón. La verdad es, que no le faltaban peticiones para hacer albardas, colleras, cabezadas, quita y pones, por lo  que tenía que darle duro a la aguja y forzar la vista siempre puesta en el mismo sitio. Antes había que preparar los materiales necesarios; las largas pajas de centeno para "embutir" dentro de las colleras y albardas que solían ser de piel de cabra, en fin, todo imprescindible para llevar a cabo una actividad ancestral y siempre manual. Así todos los días desde las 5 de la mañana hasta bien puesto el Sol. Las colleras las vendía a 100 pesetas y las albardas a 150, aunque consiguió vender alguna bastante más cara. En verano la dura tarea, el acto de coser y ahormar colleras y albardas, se hacía a la sombra de la tenada del corral y en invierno en el pequeño taller al tenue de un brasero de cisco, que más de una vez le produjo "modorrera" por la mala combustión de un tizón mal quemado.

Luis ya murió y todo lo anterior me lo contaba hace ya unos años cuando ya estaba jubilado de su profesión de albardero en la que dejó toda su vida y mucho de su vista, de la que ha tenido una operación. Y alborozado me dice quitándose las gafas de sol: Mira Anselmo, ¿ves aquellos cerros de enfrente?, ¡Pues yo también los veo! A la cita había acudido andando desde Palaciosrubios hasta Villaflores y después de los saludos, sacó con parsimonia del bolsillo de su chaqueta un pequeño envoltorio y una collera en miniatura. En el envoltorio de papel de periódico había un trozo de longaniza casera riquísima, que los dos nos comimos en el bar de Emi, acompañada de pan y vino; eran las 12 del mediodía y nos sentó divinamente. La pequeña collera aún la conservo en sitio preferente de mi casa del pueblo.

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