Pablo Martín Casado: 'El Huevero'

Recordando a este gran hombre, quien me enseñó a respetar las labores agrícolas

08.10.2015 | 13:44
Pablo Martín Casado: 'El Huevero'

Decía la semana pasada: Que todos los que hemos vivido en un pueblo tenemos el recuerdo de algunas personas determinadas que causaron un mayor afecto en nosotros. A mí me ocurrió con Pablo Casado Martín, que recogía huevos de gallina por varios pueblos: Villaflores, Palaciosrubios, Poveda de las Cintas, Cantalpino, Zorita de la Frontera, Cantalapiedra, Tarazona... Al principio lo hacía en un carro tirado por un paciente burro, luego en una pesada bicicleta a la que había adosado unas aguaderas y posteriormente, ya motorizado, en una vieja furgoneta Citroën.

Yo le veía charlar con mi madre y otras señoras del lugar, mientras recogía los huevos frescos de gallina de corral, unos blancos y otros café claro, de aquellos que algunas veces tenían hasta dos yemas. Huevos que luego enviaba a otros lugares de España; que no tenían marchamo ni denominación de origen, pero eran extraordinarios.

Pablo nació en Palaciosrubios, pero desde siempre vivió en Villaflores donde tuvo que trabajar duro en labores agrícolas, siendo "rapaz", llevando la comida y agua a los trabajadores del campo y más tarde ya segando y arando y otras actividades en el campo. En la escuela y de la mano del buen maestro Don Vidal Martín aprendió a hacer cuentas, que luego le sirvieron para sus operaciones comerciales. Era Pablo un forofo del Real Madrid, pero... "de siempre" de la gloriosa UDS cuando esta jugaba en el viejo y entrañable "Calvario".

Junto al médico Don Anselmo (mi padre) se iban a Salamanca, hiciese frío o calor, en tren desde la estación de Cantalpino, que distaba unos kilómetros del pueblo. Después del partido, era obligado pasar por el bar Vidal para degustar los estupendos calamares en su tinta. Luego otra vez al tren y al llegar, ya por la noche con la estación cerrada, iban andando hasta el pueblo nada menos que ¡7 kilómetros!... Eso sí, comentando las jugadas: la calidad de Dámaso, la velocidad de Urre y el buen hacer de Nano.

Hablé con Pablo muchas veces y me enseño a memorizar los nombres singulares de los predios del pueblo, las piezas del arado romano, las labores en el campo, la trilla, el acarreo, la siega y tantas labores más. Pero lo que siempre recuerdo de Pablo (murió hace años) era su bondad.

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