ENTRE TÚ Y YO

De la cuestión territorial española (II)

El Estado de las Autonomías ha evolucionado mucho desde su configuración en 1978, pero hay realidades que han quedado al margen del texto constitucional y errores que no se han salvado

03.07.2013 | 18:10
Pleno del Congreso de los Diputados. | EP
Pleno del Congreso de los Diputados. | EP

La Constitución es un buen lugar para plasmar aquellos acuerdos que queremos salvar de la continua contienda política, entre los que se encuentran los temas territoriales. Puede que no sea el momento para la reforma constitucional, pero sí de una revisión a fondo de las competencias. Corremos el riesgo, por el contrario, de contar con un modelo demasiado lejano en el tiempo en el que algunas realidades actuales no encuentran cabida. Se producen, además, disfunciones, duplicidades de competencias y tensiones territoriales no resueltas.

Cuestiones sin resolver como la verdadera utilidad del Senado, configurada como una cámara de representación territorial que no termina de serlo. Una buena apuesta sería convertir el Senado en una auténtica cámara de debate y representación autonómica, con delegaciones competenciales específicas sobre cuestiones territoriales, financiación, etc. De esta forma se podría descargar al Congreso del peso de estas cuestiones donde, para mi gusto, los partidos nacionalistas contienen una cuota de poder desproporcionada.

Otro ejemplo concreto de fallo del sistema son las embajadas de las Comunidades Autónomas. Además de un completo derroche, suponen escasa utilidad si tenemos en cuenta que la política exterior es competencia exclusiva del Estado. Me pregunto qué imagen estará dando nuestro país fuera si cada región se busca sus habichuelas por su cuenta.

El principal obstáculo para la reforma constitucional es que nadie se atreve a abrir ese melón. Esta reforma, hoy por hoy, sería aprovechada por algunos para poner algunas instituciones en duda. Es el caso de la Corona, la laicidad del Estado o la posible adopción de un estado federal que algunos constitucionalistas defienden, y del que tengo serias dudas de viabilidad. Cuestiones en las que, por otra parte, resultaría difícil un acuerdo.

El actual modelo ha permitido niveles aceptables de progreso, pero ha ido acumulando fallos. Por ejemplo, existen comunidades que le plantean pulsos al Estado y les sale gratis, o peor; son acalladas a base de más competencias o más financiación. Pulsos que, si se los plantearan a otro país, estaríamos hablando de un conflicto diplomático o una violación de sus competencias.

Desde la Constitución o desde la vía legislativa, es preciso que el Estado se asegure un modelo de entendimiento pero también de supervivencia. Un modelo en el que la única forma de conseguir algo para tu tierra no sea a través de la rebeldía. Cualquier intento de más autonomía o cualquier reivindicación debe llevarse a cabo desde el respeto y no desde la confrontación, porque al fin y al cabo todos somos parte de un mismo proyecto.

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